Un perro en la Luna (parte I)

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Platón puso en la boca de su maestro la inédita y sorprendente aseveración de que el perro es filósofo, “un auténtico amante del saber” —le dice el Sócrates platónico a Glaucón—, y lo sería porque “distingue mediante el conocimiento y el desconocimiento lo propio de lo ajeno” (República II, 376b). La relevancia de este pasaje radica en que, además de inaugurar una forma de comprender lo perruno, devela por primera vez cuáles son las nociones clave para dar cuenta de su naturaleza filosófica: saber y propiedad. Desafortunadamente, el ateniense no ofrece casi ninguna pista sobre el funcionamiento de estos dos elementos entre los cánidos; tan solo se nos indica que su conocimiento consiste en un saber identificar lo propio, pero nada en lo absoluto sobre los modos en los que se da la apropiación, las particularidades de esa propiedad o el mecanismo epistemológico a través del cual consiguen distinguirla. Con lo que sí contamos es con una tradición, sostenida sobre un gran cuerpo de anécdotas, que narra las peripecias de unos filósofos a los que se les dio con ofensiva voluntad el nombre de cínicos (κυνικός), es decir, perrunos, denominación que, para sorpresa de los injuriantes, aceptaron con gusto, así como gustosamente aceptaban todo lo verdadero. En estos cínicos —de los cuales no se sabe muy bien si fueron hombres que en su esfuerzo por llegar a ser filósofos se metamorfosearon en perros, o que al lograr convertirse en perros devinieron necesariamente filósofos— se logra advertir todo lo que implica ese saber y esa propiedad a la que Platón alude fugazmente cuando describe la filosofía canina, no obstante, como no contamos con un tratado cínico que nos explique lo que en realidad es el cinismo (escribir tratados no parece ser cosa de perros), es nuestra la tarea de examinar e interpretar sus comportamientos tal como aparecen descritos en los anecdotarios, así como lo haría un etólogo del National Geographic ante una canalla urbana.

En lo que respecta al saber cínico, notamos de buenas a primeras que se sostiene sobre un paradigma corporeista a ras de suelo y, por ellos mismo, en una confianza pragmática y plena en sus agudos sentidos: para estos perros bípedos, todo lo que es tiene un cuerpo perceptible, propenso de ser usado y solo digno de ser conocido en tanto que brinda algún provecho. Es este el motivo por el que Deleuze —no mejor filósofo que etólogo— hablará de los cínicos como animales superficiales, es decir, animales para los cuales la realidad acaba en los límites de su morro, para los que nada hay oculto en lo profundo y nada en una altura más allá del alcance de su olfato; y también la razón por la que Platón dirá de Antístenes —considerado por algunos helenistas como el primero de los cínicos— que tiene ojos para ver los caballos, pero no los necesarios para percibir la equinidad. Sin embargo, lo más impresionante de estas criaturas no es tanto la rigurosa delimitación de su territorio cognitivo, como sí su sentido absolutista de la pertenencia: no hay nada de lo conocible que consideren ajeno, de ahí el silogismo diogénico “todo es de los dioses, los sabios son amigos de los dioses, común es lo de los amigos, luego todo es de los sabios” (D.L. VI 37). Tenemos, entonces, los dos elementos de la naturaleza filosófica de los perros señalados al principio, pero el entrelazamiento de uno y otro es mucho más íntimo de lo que alcanzó a ver Platón: en los cínicos el conocimiento es ya un mecanismo de dominio, y la apropiación la condición necesaria para producir un saber. Tal cosa explica el rechazo furioso de esta especie monstruosa hacia toda idea sin claros referentes corpóreos, hacia cualquier concepto que sea irrepresentable en la materialidad del mundo, que no pueda ser dramatizado en el teatro de su existencia, no solo porque dichas ideas dejan en evidencia su impotencia noseológica —la carencia de los ojos eidéticos que pueden ver la equinidad—, sino porque suponen una realidad que está fuera del alcance de su totalitaria voluntad de dominio.

Por todo ello, los cínicos vivieron en una continua e incansable disputa con todos los maestros de lo abstracto: geómetras, metafísicos, profetas, políticos utopistas y, por supuesto, astrónomos, esos portadores de un saber sobre lo inalcanzable, sobre la indómita cúpula que rodea y condiciona nuestra existencia. ¿Cómo podrían éstos ser considerados desde una perspectiva perruna, sino como lunáticos inútiles, mitómanos impotentes, estultos que preferirían tener los ojos en la coronilla? Si ya en los cínicos es manifiesto su descontento con el nómos (la ley convencional), ¿cómo no lo sería respecto a lo astro-nómico? Por ello, no sorprende que hicieran eco de las palabras que cierta muchacha tracia dirigió a Tales, el primero de los filósofos naturales, cuando vio a éste tropezar y caer por andar caminando mientras examinaba la ubicación de las estrellas: “de tanto ver al cielo, ¡oh, sabio!, has descuidado lo que tienes bajo tus pies”. Si esta canalla filosófica tuviera una regla esta comenzaría por atender la indicación de la cínica muchacha tracia: hay que tener las patas bien puestas sobre la tierra, por lo que prohibiría cualquier anhelo trasmundano y terminaría con la promesa de que así y solo así es posible reinar sobre lo real.

Diógenes y el astrónomo (2021).Caricatura de Jis.

Diógenes y el astrónomo (2021).

Caricatura de Jis.

  Sin embargo, cierta noche, un perro apóstata alzó la mirada al cielo.

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