Un perro en la luna (parte II)

Según nos cuenta cierto etólogo samosatense de nombre Luciano, por las calles de Tebas vagabundeaba un cánido doméstico de raza oriental, un tal Menipo de Gadara, que, atormentado y confuso por la cháchara filosideral de las gentes prominentes, no pudo evitar dirigir sus ojos a la Luna —tal como se dice que suelen hacer sus ancestros lobos— solo para luego preguntarse: «¿algo será cierto de lo que dicen sobre ella esos barbiluengos paliduchos a los que llaman sabios?». Su inquietud incrementaba al tiempo que notaba que los discursos de éstos sobre el astro diánico no coincidían entre sí; ninguno se ponía de acuerdo sobre sus dimensiones, ni en torno a si su luz era propia o robada al sol, tampoco en si estaba habitada, o sobre los motivos de sus transformaciones. Entonces el gadareno giró el hocico hacia arriba y quiso conocer las alturas contra su propia naturaleza. Pese a todo, él seguía siendo un filósofo perruno, y como tal no concebía la posibilidad de comprender algo sin apropiárselo, sin afincar las patas sobre ello, sin convertirlo en su tierra y su dominio, así que, antes de que lo asfixiara el aura romántica que otorga el preguntarse cualquier cosa sobre lo alto, se sacudió como se sacuden los perros empapados y, sacando provecho de sus cualidades de sabueso, emprendió una caza de grandes aves.

Eufórico, Menipo se arrojó tras un águila enorme de la cual se pensaba que, por su tamaño, era descendiente del divino secuestrador de Ganímedes. Ya harto de saltar inútilmente durante días para alcanzar aquel portento volador, se le ocurrió hacerse pasar por un animal de presa: se juntó a un rebaño, arrastraba las patas al lento ritmo de sus nuevos compañeros, berreaba las mismas palabras del resto y con tedio comía pasto y solo pasto. De ese modo, Menipo se volvió apetitoso para el águila, por lo que ésta descendió en picada y a toda velocidad con sus ojos puestos sobre el lomo del filósofo. Él repetía para sí mismo su fe heráclea, «sin dolor no hay gloria, sin esfuerzo no hay virtud», y esperó con entereza que las garras atravesaran su carne. Apenas comenzaba a elevarse la gran ave con la presa en su poder, el astuto sabueso contorsionó su cuerpo para hacer llegar sus colmillos al ala derecha del águila. El agónico chillido de ésta se oyó a lo largo y ancho del territorio tebano; ni el impetuoso aleteo ni desenterrar las garras de su aciaga captura evitaron que el perro se mantuviera suspendido del ala gracias al poder de su mandíbula. De un instante a otro el victimario de las alturas pasó a ser la víctima de la terrenal mordacidad canina. Una vez desprendida el ala, la depredadora, revoloteando con el miembro que le quedaba, logró escapar de las fauces de Menipo, que, sin dejar caer el aguileño miembro del morro, se carcajeaba al ver huir a tumbos a la noble, altiva y elegante reina de los cielos.

Aunque deseaba continuar con su caza, la batalla aérea había dejado exhausto y adolorido a Menipo. Con el lomo ensangrentado y su penígero trofeo de guerra bajo los dientes se arrastró hasta el pórtico del templo dedicado a su patrono Heracles para allí descansar. En las cercanías aterrizó un gran buitre que llevaba ya rato sobrevolando al filósofo. Se aproximó el carroñero a su potencial almuerzo para examinar su estado de salud, y de ello se percató Menipo, por lo que aplicó uno de los trucos que le enseñó un tal Batón, el que alguna vez fue su dueño: se hizo el muerto. No exento de sospechas, el buitre seguía acercándose cuidadosamente, a pasos de paloma, como suele decirse. A menos de dos metros cambió la estrategia: esperando alguna reacción, comenzó a brincar con las alas extendidas de par en par entretanto gruñía emulando a un perro franco, pero Menipo yacía imperturbable tal cual cadáver —o estoico, si alguna diferencia hay. Cuando la sombra del pajarraco se posaba sobre el cuerpo del filósofo, aquél se animó al fin a darse banquete. Aún su pico no hurgaba en una de las heridas de Menipo cuando éste ya saltaba sobre su ala izquierda, la sujetó el cínico con sus molares y, mientras el buitre permanecía entre atónito y resignado, zarandeó la cabeza vehementemente para arrancarla. Una vez arrebatada esta segunda ala, Menipo recogió también la del águila y salió disparado hasta el Parnés.

En las cimas del Ática y con ambas alas en su poder, era ahora evidente que lo que el filósofo cínico se proponía no era otra cosa sino lo que corresponde a su naturaleza perruna: poner las patas bien puestas sobre su nuevo objeto de saber, apropiarse de la Luna para conocerla, conocerla para hacerla suya. Con la destreza de Dédalo, Menipo ató las alas y las ajustó a sus hombros, pero, aprendiendo de la tragedia del mítico artesano, lo hizo sin usar cera, para así evitar que los amarres se derritieran en las cercanías del Sol. Esta corrección técnica, más que demostrar una mayor pericia, indica una diferencia de temperamentos: tal como explica Ovidio, el padre de Ícaro tan solo buscaba la forma de escapar de prisión, y concluyó que lo más seguro era un vuelo prudente, sofrosíneo, a media altura, inalcanzable para las olas del mar y lejos del calor del Sol; el soberbio Menipo, en cambio, no era un fugitivo, sino un conquistador, deseaba ampliar sus dominios, apoderarse del cielo y dejar huella en la Luna. Siendo el entrenamiento duro uno de los rasgos más característicos de los cínicos, no sorprende que Menipo se pusiera de inmediato a practicar su habilidad de vuelo y poner a prueba su artefacto. Comenzó con pequeños brincos acompañados de un patoso revoloteo, apenas conservándose un par de segundos en el aire, al modo de las gallinas. Pronto logró sobrevolar con la naturalidad de un polluelo los alrededores del Parnés, así que se animó a planear hasta el Acrocorinto, y de ahí saltar hasta el Taigeto. Al poco tiempo, Menipo ya era un cánido volador en toda regla. Ascendió entonces al monte Olimpo, el punto más alto de la Hélade, cogió un poco de impulso, corrió a toda velocidad y despegó con dirección a las estrellas.

En el Livre de bonnes meurs de Jacques Legrand. “Diógenes y los pájaros”

En el Livre de bonnes meurs de Jacques Legrand. “Diógenes y los pájaros”

Nadie nunca había visto ni esperaba ver a un perro volar.

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