Un perro en la Luna (parte III)

Tiempo después de haber atravesado con vertiginoso vuelo el recinto de las néfeles, Menipo empezó a sentirse exhausto, especialmente por el esfuerzo imprimido en el ala izquierda, la del buitre. Estaba al tanto el gadareno, por noticia de Esopo —quizás el más apreciado de los etólogos para los cínicos—, que las águilas e incluso los escarabajos podían alcanzar el firmamento, pero ignoraba por completo si también los buitres contaban con este don, lo que puso a prueba con infortunio. A pesar de ello, tuvo la suerte de ya encontrarse planeando por los alrededores de la Luna cuando el cansancio le era insoportable, así que pudo alunizar y descansar en su objeto de conocimiento y dominio, en su destino. De este modo y en pragmática continuidad con la enseñanza cosmopolita de su maestro Diógenes, Menipo se convirtió, veintitrés siglos antes que la célebre Laika, en el primer perro cosmonauta y en el único realmente lunático. No puede decirse, sin embargo, que haya sido la primera criatura terrestre en asaltar al espacio ni la primera en pisar la Luna, ya que el propio Menipo encontró allí a otro filósofo, uno de una especie muy distinta a él mismo: ya no el soberano de la superficie, sino el médico de lo profundo, el mago de lo oculto, el sabio-topo, el physiólogo a medio camino entre la rigurosidad del médico y la inventiva del poeta, no otro sino Empédocles. Difícilmente podía el cínico creer que el hombre que allí encontró era el gran maestro de las profundidades, y no apenas por el absurdo ecológico —¡¿un tálpido terrestre en la luna?! ¡¿No era acaso suficiente un cánido volador?!—, sino porque, además, el agrigentino se encontraba calcinado de pies a cabeza, con las partículas cenicientas que aún conformaban su silueta desprendiéndose y flotando lenta y sosegadamente, a un ritmo de descomposición que hacía juego con el propio temperamento del filósofo. Pero ambas cosas, que un topo estuviera en la Luna y que este se encontrara pasadito de calor, estaban vinculadas causalmente entre sí y no dejaban ninguna duda de que la extraña figura era Empédocles: en efecto, ya conocemos la célebre historia de la muerte de este, que por amor al conocimiento que yace oculto bajo la tierra se arrojó a la llameante hondonada del Etna, lo que explica el oscuro y humeante cuerpo del filósofo; también se cuenta que el volcán escupió una de sus broncíneas sandalias, pero gracias a la cosmonáutica menipea sabemos que esto no ocurrió así: lo que en realidad salió expedido de las fauces del Etna fue el mismísimo Empédocles, y tan poderosa fue la erupción y con tanto vigor fue expulsado de los misterios del centro de la Tierra, que en un instante se vio en la termósfera. Al notar que perdía empuje y que ya se encontraba lo suficientemente alto como para prever una caída mortal, se despojó en ese momento de su pesado calzado con la esperanza de alcanzar en su vuelo al astro más próximo. Una de las sandalias cayó alrededor del Etna, lo que dio lugar al malentendido; la otra fue hallada en el siglo XI por un comerciante de Utrecht que se volvió riquísimo poniendo de moda el uso de los pattens en toda la Europa medieval.

Fue justo este Empédocles el que en la Luna recordó a Menipo una de las lecciones cínicas más fundamentales: los dones se adquieren performáticamente —aunque no fuera así que se lo dijo, y si así lo hubiera hecho más se habría carcajeado el perro del topo de lo que yo ahora lo hago de mí mismo. Lo que sucedió fue que, una vez terminado el descanso, Menipo se puso a hacer lo que sabe hacer todo cínico, desplazarse sobre sus dominios con el morro a ras de suelo y comprobar así la falsedad de toda la cháchara filosofante, pero llegando a uno de los extremos de la Luna le fue inevitable observar a lo lejos la Tierra, y aguijoneado por sus ansias de conocimiento frustradas no pudo evitar lamentar entre lloriqueos el no poder distinguir desde aquella altura lo que ocurría en su viejo reino verdiazul. Entonces Empédocles, que comprendía bien la ansiedad por el saber, le dio la solución a su desdicha: “¡Ya Menipo! —exclamó el agrigentino con rudeza—, ¿¡acaso desos seguidores del perro del Ponto no sodes!? Siendo así, que en lo que facedes os convertides bien deberíades saber, y que si vuestro fino olfato avedes conseguido es porque no otramente sino tal chucho los pórticos meades. Lejá, pues, de lloriqueos; recogelda el ala diestra, aprés con firmeza prendela e como ave matante aletead, entonces así tan claro como su antigua dueña veredes”. Se habría burlado el gadareno de esta forma pretenciosa de hablar sino fuera tan provechosa la verdad que esa ridícula retórica portaba. Ya hopeaba Menipo listo para agradecer a Empédocles, cuando se percató de que casi la totalidad de las partículas carbonizadas del topo se habían desperdigado; no deja de ser irónico que perdiera su cuerpo justo durante la más pantomímica de sus lecciones, pasando así de ser el médico de las profundidades terrestres a ser el sabio de los etéreos vapores lunares. Prometió Menipo para sus adentros que una vez en la Tierra corregiría la leyenda empedocléana, se situó en el borde de la Luna y agitó su emplumada prótesis como si quisiera alzar vuelo.

Salvator Rosa. “The Death of Empedocles” (1665 – 1670)

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