Aristippe, quamvis sero
Traducción del latín y comentario
Introducción
¿Quiénes son los herederos de Diógenes el cínico? Quizás esta sea la pregunta más inquietante de la cinicología. Es cierto que dar respuesta a la cuestión de la recepción del cinismo clásico durante la época romana no implica tantas dificultades, ya que aún en aquel momento este era entendido como un movimiento filosófico relativamente bien distinguible, tanto por el modus vivendi de sus adeptos como por los rasgos de su quehacer literario y por sus máximas fundamentales. Las cosas se complican con el pasar de los siglos, cuando el vocablo “cínico” pasa a referir cada vez más a una vetusta y extravagante figura filosófica de la Antigüedad o a cualquier personalidad descarada y de moralidad ambigua. De todos modos, este fenómeno de alteración nominal no implica en lo absoluto que los cínicos de la era alejandrina no hayan dejado huellas profundas en la cultura occidental, lo que salta a la vista en una gran cantidad de articulaciones retóricas, posturas existenciales y paradigmas religiosos que no siempre fueron asociados al cinismo. Entre estas huellas, que tan variadas son como diversidad de razas cánidas existen, se distingue una en el mundo medieval de la que, si bien se ha escrito no poco, apenas si se la ha puesto alguna vez en relación con la pata cínica que la imprimió; nos referimos a la cultura goliardesca. Los goliardos fueron clérigos cultos, vagabundos, hedonistas, profanadores y festeros que hicieron descender la solemne creación poética de los templos hacia los comunitarios espacios de las tabernas y los alegres lupanares, metamorfoseando la literatura sacra en una poesía satírica consagrada a la chanza de los vicios de las instituciones vigentes, así como al encomio de los placeres del juego, las mujeres y la bebida.
La poesía goliarda se popularizó en el siglo XX con la versión musical que hizo Carl Orff de una antología de poemas del Carmina Burana, siendo esta una recolección de 254 textos escritos especialmente en lengua latina entre los siglos XI y XIII. En la selección de Orff no se encuentra el poema que aquí nos concierne, Aristippe, quamvis sero, lo que explica su poca celebridad, la escasez de estudios exclusivos sobre el mismo[1] y, hasta donde sabemos, la inexistencia de una traducción castellana. Se trata de una obra escrita en forma de diálogo por el filósofo medieval Philippus Cancellarius, quien probablemente se inspiró en una epístola horaciana (I 17, 13-32) o en un pasaje de Valerio Máximo (IV 3, ext. 4), que se basan a su vez en una anécdota de Diógenes Laercio protagonizada por Diógenes de Sinope y Aristipo de Sirene (D.L. II 68). Philippus retoma y remodela el tópico, la verdad no demasiado conocido, de la confrontación entre estos dos filósofos perrunos (“el perro auténtico”, el cínico orgulloso de su talante moral; y “el perro regio”, el cirenaico astuto y vividor), para adaptarlo a una crítica de las dinámicas eclesiales, muy propia de la tradicional “sátira anticurial”. No obstante, a pesar de que hay un convenio en que el poema es una obvia chanza anticlerical, los especialista no se han puesto para nada de acuerdo en lo referente al posicionamiento del autor del poema: algunos, como Piervittorio Rossi, sostienen que, a diferencia de Horacio —que en su laxo epicureísmo muestra simpatía por la voluptuosidad aristípica—, Philippus se posiciona del lado del sinopense, haciendo una asociación implícita entre la indiferencia cínica respecto a los anhelos mundanos y la santa pobreza de la vida evangélica que se opone a los lujos de la institución eclesial[2]; pero Sabina Tuzzo cree exactamente lo contrario, que Philippus manifiesta mayor simpatía por “la actitud de disponibilidad y apertura” del cirenaico, en contraposición a la “rigidez del cínico”, acercándose de esta manera al espíritu humanista de dejar al albedrío de cada sujeto el tipo de vida que desea seguir sin “rigorismos excesivos y fuera de lugar”[3]. En cualquier caso, lo que aquí nos interesa señalar es que en este escenario medieval surgieron unas figuras que en el interior de la espiritualidad cristiana llevaron a cabo una jovial transgresión, literaria y pantomímica, abanderándose en algún momento, como en el poema que aquí tradujimos, con filósofos perrunos, sea con el chucho urbano de Sinope o con el maltés cortesano de Cirene. Así pues, no cabe duda de que el influjo del cinismo a lo largo del Medioevo lo podemos encontrar no apenas en los movimientos monacales mendicantes o en los impetuosos profetas milenaristas —los cuales también valdrá la pena estudiar desde una mirada cinicológica—, sino también en unos clérigos errantes, borrachines, cachondos y juguetones que fueron llamados “goliardos”.
[1] De estudios exclusivamente dedicados al poema apenas tenemos noticia del trabajo de Sabina Tuzzo, “Il dialogo di Diogene e Aristippo in CB 189”, en Bollettino di studi latini, Nº 35, Vol. 2 (2005), pp. 645-655.
[2] P. Rossi. Garmina Burana, ed. Fr. Maspero, Milán, 1989, pp. 116-119.
[3] S. Tuzzo. “Il dialogo di Diogene e Aristippo in CB 189”, op. cit., pp. 614-615.
Eduard Grützner. “Drei Mönche bei der Brotzeit” (1885).
Aristippe, quamvis sero
Diogenes:
Aristippe, quamvis sero,
tuo tamen tandem quero
frui consilio.
Quid Rome faciam?
Mentiri nescio.
potentum gratiam;
dat adulatio.
si mordaci nitar vero,
vere numquam carus ero.
Meretur histrio
virtutis premium,
dum palpat vitium
dulci mendacio.
Aristippe:
“Diogenes, quid intendas,
vis honores? vis prebendas?
id prius explices.
presunt ecclesiis
hi, quibus displices,
nisi te vitiis
ipsorum implices.
Gratus eris, si commendas
in prelato vite mendas.
Culparum complices,
ministros sceleris,
amant pre ceteris
sacri pontifices.
Diogene:
Nec potentum didici
vitiis applaudere
nec favorem querere
corde loquens duplici.
Veritate simplici
semper uti soleo,
dare famam doleo
cuiquam preter merita
nec impinguo capita
peccatoris oleo.
Aristippe:
Ergo procul exsules,
si mentiri dubitas!
Simplex enim veritas
multos fecit exsules.
Cole nostros presules
mollibus blanditiis
nec insultans vitiis
verbis hos exasperes,
horum si desideres
frui beneficiis.
Diogene:
“Ergo, sicut consulis,
expedit, ut taceam,
`blandiensve´ placeam
mollibus auriculis
potentium, quibus me vis
sic placere;
adulari vel tacere
nihil ponis medium:
sicque quasi `foveam´
aliene subeam
culpe participium.
Aristippe:
Culpe participio
ne formides pollui,
si potentum perfrui
vis favore, vitio
convictu pari
suos sibi conformari;
in Giezi participes;
in promissis Protei
et sequaces Orphei
sacerdotum principes.
Diogene:
Vade retro, Satana,
tuas tolle fabulas!
Quicquid enim consulas,
falsitatis organa,
voces adulantium,
devoveo
nulliusque foveo
blandiendo vitium,
sed palponis nomen cavi,
cuius semper declinavi
fraudis artificium.
Aristippe:
Ergo vivas modicus
et contentus modico:
nil est opus cynico.
Si vis esse cynicus,
dicas vale curiis,
et abeas
et nec te sic habeas
ut applaudas vitiis.
Cum perverso perverteris,
si potentum gratus queris
esse contuberniis.
Aristipo, si bien tarde…
Diógenes[1]:
Aristipo, si bien tarde,
aún así interpélote
para disfrutar consejo.
¿Qué hacer en Roma?
Mentir no puedo,
y de los poderosos el favor
dase a lisonjeros.
Si por ser mordaz esfuérzome,
en verdad[2] nunca seré querido.
Incluso un histrión más merece
lucros de virtud,
mientras acaricia el vicio
de la grata mentira.
Aristipo[3]:
Diógenes, ¿qué ostentas?
¿prebendas? ¿honores?
Pues eso ahora expones.
Presiden las iglesias
aquellos que molestas,
a menos que en sus vicios
implicado estés tú mismo.
Serás amado si te encomiendas
a la obscena vida de los prelados.
Los cómplices del pecado,
los ministros del crimen
son amados, antes quel resto,
por nuestros pontífices.
Diógenes[4]:
De los poderosos no he aprendido
el aplaudir vicios,
ni la dádiva procurar
con corazón hipócrita.
A la simple verdad
siempre me someto,
darse a cualquier fama
deploro excepto la merecida,
ni perfumo las cabezas
con el aceite del pecador[5].
Aristipo[6]
¡Entonces muy lejos exíliate,
si dudas en fingir!
pues la pura verdad
a muchos ha traído destierro.
Honrarás a nuestros obispos
con tiernos cumplidos,
y si de ellos desearas
gozar favores,
no los irritarás con palabras
insultantes sobre sus vicios.
Diógenes[7]:
Siendo así, tal como aconsejas,
conviene que calle,
o que seduzca con lisonja
los sensibles oídos
de los poderosos, a quienes quieres
que complazca deste modo;
adular o callar,
no dispones punto medio:
por ello, por participar en sus culpas,
soy conducido con sigilo
a una trampa mortal.
Aristipo[8]:
Por cargar esas culpas
no temas ser mancillado,
si favores de los poderosos
quieres disfrutar,
con su misma vida viciosa
debes conformarte;
así como los seguidores de Giezi[9],
los devotos de Proteo[10]
los secuaces de Orfeo [11],
o los sumos sacerdotes.
Diógenes[12]:
¡Vade retro, Satanás,
aparta tus fábulas!
Porque lo que me aconsejas,
las herramientas de falsedad,
y las palabras melindrosas
maldigo,
y no favorezco
con halagos vicio alguno.
Solo he apartado la caricia de la fama,
de la que siempre rehúyo
como de un fraudulento artificio.
Aristipo[13] :
Vive, pues, moderadamente
Y conténtate con poco:
nada les necesario al cínico[14] .
Junto a perversos te pervertirás
si grato procuras ser
en compañía de los poderosos.
Habla con vigor a la curia,
y márchate,
y por tanto nada tengas,
a fin de golpear el vicio,
si ser cínico pretendes.
[1] Se abre el poema con una pregunta de Diógenes a Aristipo que puede leerse más como una puesta a prueba del talante moral del cirenaico que como una inquietud verdadera del cínico.
[2] He optado aquí por la edición de J. A. Schmeller en la que se el adverbio “vere” , pero es más usual encontrar el nombre Verre, como en las ediciones de Rossi y Schumann, que hace alusión a Cayo Verres (120 a.C. – 43 a.C.), figura política representativa de la tiranía, la adulación y la mentira. La traducción sería entonces algo así como: “Por Verre nunca seré querido…”.
[3] Aristipo parece percibir las intenciones de Diógenes y pone sobre las mesas las implicaciones morales de su presunta inquietud ofreciéndole a la vez la `cínica´ (para no decir cirenaica) solución a su cuestión.
[4] En este verso salta a la vista que la pregunta inicial de Diógenes es retórica, lo que se agudiza con la expresión inicial, que aparece en el título el poema, “quamvis sero (si bien tarde)”; la pregunta es tardía porque Diógenes ya no cambiará las máximas morales que dan forma a su vida auténticamente cínica.
[5] Clara alusión al Salmo 140. 5: “oleum autem peccatoris non impinguet caput meum (el ungüento del impío jamás lustre mi cabeza)”.
[6] Aristipo le deja dos posibilidades a Diógenes: o alejarse de Roma si desea permanecer en la verdad, o bien practicar la adulación como medio para obtener favores.
[7] Diógenes responde al dilema de Aristipo como si se tratara de una trampa inaceptable.
[8] Aristipo ningunea la indignación moral de Diógenes e insiste en la necesidad de halagar a los poderosos si se desea obtener su simpatía, pero la ejemplificación con figuras de fama ambigua, tanto de la tradición bíblica como la pagana, hace pensar que la réplica del cirenaico tiene como intención la provocación.
[9] Giezi era el sirviente del Profeta Eliseo, el cual fue maldecido por su propio amo por haber caído en la avaricia y la deshonestidad.
[10] Proteo es el dios de la mutabilidad, de la evasión de la verdad profética a través del disfraz.
[11] Orfeo, además de ser célebre por su no cumplimiento de la promesa en el Hades, representa la sugestión a través del endulzamiento de los oídos.
[12] Diógenes reacciona escandalizado a los consejos de Aristipo y vuelve a dejar claro cuales son sus principios.
[13] Aristipo concluye diciéndole a Diógenes que viva tal como desee, y no deja de recordar tanto las implicaciones de la vida cínica, como las consecuencias de vivir entre los perversos.
[14] Si bien a través de la voz de Aristipo, se hace alusión explícita al cinismo como ejemplo de existencia virtuosa y combativa contra el vicio en esta última estrofa, lo que permite pensar que el autor manifiesta una simpatía cristiana —y “goliarda”, por supuesto— por la filosofía cínica.