No estoy muy seguro de que se tengan las cosas del todo claras cuando afirmamos que un demagogo cualquiera es un cínico, siendo este vocablo, seguramente, nuestro favorito en lo que a política respecta; tampoco cuando señalamos el presunto cinismo de algún descarado que por medio de redes sociales pavonea con orgullo sus medias verdades; ni creo que la muchacha que coquetamente y con rubor en las mejillas le dice “ay, eres un cínico” al Don Juan que la corteja sepa exactamente qué está diciendo, incluso sabiendo mejor que nadie lo que logra diciéndolo; pienso que siquiera estaba seguro de lo que significaba su improperio ese primer hombre, un griego, que usó el vocablo κῠνῐκός (kunikós = cínico) para insultar a un filósofo que merendaba unos altramuces sobre el suelo de la plaza pública. Al menos eso sospecho, esa vaga impresión tengo, pero bien dispuesto estaría a retractarme si fueran ustedes capaces, y aquí los invito a un reto, de responderme a qué se refieren exactamente cuando usan este término, el por qué se usa este y no otro, en qué consiste su singularidad; ¿es el cínico un mentiroso?, ¿o es más bien un sinvergüenza, un pillo, un inmoral, un hipócrita?, ¿o es todo esto a la vez? No se me malentienda, que no se confunda este preámbulo con un reproche. Muy por el contrario, entiendo que esta falta de claridad es fiel al cinismo, dado que, por lo que se ve, la ambigüedad le va de suyo desde sus orígenes alejandrinos, época en la que lo cínico hacía una ambivalente alusión a las virtudes y vicios de lo “perruno” (entendiéndose aquí lo “perruno” como esos rasgos presuntamente cánidos, pero considerados independientemente de la existencia concreta del perro, y por ello aplicables a cualquier otra criatura, en especial al hombre). Esto supone que dicha ambigüedad del cinismo es tanto más ambigua cuanto que es doble: recoge, por un lado, la multívoca valoración del perro (independiente-servil, honesto-desvergonzado, guardián-salvaje, fiel-incivilizado, etc.); y, por el otro, convierte al portador del adjetivo en una quimera, en una criatura que no se encuentra en armonía con su propio ser, sino deviniendo cánido sin terminar de metamorfosearse en uno. Es justo por esto que es “perruno” y no “perro”.
Aunque todos los usos del término cínico estén condenados a esta doble y, por lo demás, correcta ambigüedad, hay uno que siempre me ha parecido especialmente extraño (¿incluso equívoco?). Se escucha especialmente en los bares, pero también en los diarios deportivos y entre los comentadores de fútbol de televisión. Se trata de la calificación de un determinado equipo de fútbol, específicamente de su sistema de juego, como cínico. Son incontables los ejemplos: a principios de este mismo año el Sporting Clube de Braga perdió 2-0 contra el Sporting Clube de Portugal —mi equipo amado, por cierto—, frente a lo cual la comunicación oficial del club bracarense sostuvo que sin duda jugó mejor que el adversario, pero que este, sin embargo, fue “cínico, quirúrgico y eficaz”; Antonio Conte decía en febrero que el equipo al cual entrena, el Inter de Milán, “en la fase de realización debía ser más cínico, más malvado”; en una columna de AS en 2019, Juan Cruz afirmaba que el Barça había perdido “la ética y la estética” y que hacía “un fútbol cínico, sin honor”; y así podríamos seguir y seguir. Pero estos tres ejemplos nos bastan para mostrar la extensión del uso del adjetivo en el mundo futbolístico: tenemos un equipo, un entrenador y un especialista, todos hablando de un fútbol cínico, de un cinismo del contrincante o de uno que debería ser el propio, un cinismo deseable o inaceptable, un cinismo que es un asunto no más táctico que moral. Las ambigüedades no dejan de multiplicarse. En Italia se entiende el ranking de equipos con mayor eficacia en el gol, ofrecida por el CIES Football Observatory, como el indicativo de los clubes más cínicos; y en el mundo angloparlante, tanto en la Premier League como en la MLS, es común hablar de “cynical fouls”, que suelen ser identificados con los así llamados “professional fouls”.
Esta identificación entre “faltas cínicas” y “faltas profesionales”, aunque a primera vista parezca irrelevante y apunte a un elemento muy particular del juego, puede ser clave para vislumbrar la existencia y sentido del cinismo futbolístico, ya que entre el profesional y el cínico hay un vínculo estrecho. Esto quizás desconcierte a quien piense en el helenístico filósofo cínico, a un Diógenes de Sinope en su tonel, pero es justamente ese vagabundo de casa rodante, y no el académico que cumple disciplinadamente su horario en la universidad, al que nos es lícito llamar filósofo profesional. En una época en la que se desprofesionalizaba la filosofía, en donde el quehacer filosófico era una disciplina a tener en cuenta por cualquier ciudadano dedicado a asuntos de otra naturaleza, el cínico aparece como la excepción, como el filósofo profesional por excelencia, el que profesa la filosofía, el que no tiene otra ocupación más que ésta, el que hace de la totalidad de su existencia, de cada gesto, palabra y movimiento, una expresión exclusivamente filosófica. Esta profesionalidad implicaría a su vez una catártica existencial, un proceso de purificación y, por lo tanto, de reducción de la vida, de sus compromisos cívicos, de las pretensiones político-institucionales, de las seguridades, comodidades y placeres que brinda la ciudadanía, hasta que no pueda decirse de esta existencia otra cosa además de que es la filosofía encarnada. Al desprenderse de todo —de las convenciones, de los objetivos sociales, de las formas cotidianas, etc.— para quedarse apenas con lo filosófico, el cínico, el filósofo profesional, se vuelve a los ojos de sus testigos una figura —y aquí vemos la persistencia de la ambigüedad— despreciable y admirable a la vez: despreciable por su irrespeto hacia todas aquellas prácticas que constituyen la vida cotidiana en comunidad, y admirable por la devoción que hacia la filosofía —esa hija predilecta de la cultura helénica— demostraba.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el fútbol o, para ser más precisos, con los “cynical fouls”? Todos los que hemos jugado en un equipo de fútbol, así sea a nivel amateur, hemos tenido un técnico que nos ha dicho que “el fútbol es fácil”, que apenas se trata de llevar la pelota con los pies hasta el fondo de la arquería rival y evitar que éste haga lo propio en la nuestra. Así nomás. La “falta cínica” o “profesional”, llámele usted como prefiera, consigue su sentido en esta forma rudimentaria de entender el fútbol, ya que tiene como único objetivo el segundo de sus dos fundamentos: impedir a como dé lugar que el equipo contrario nos marque un gol. La falta cínica es lo contrario a un error o a un exceso, no es malintencionada ni pasional; es fría, prudente, racional, táctica, en fin, profesional. El jugador que acomete una falta cínica se olvida de la pelota, máxima divinidad entre los románticos del fútbol; pero, así como el cinismo no se consagraba a otra cosa que la filosofía, el cinismo futbolístico no tiene otro dios que el fútbol mismo, y para él el fútbol no es el balón, sino sus reglas, sus principios más básicos. La pelota sería apenas uno de los utensilios del juego, y para evitar que el rival anote es prescindible tenerla en nuestro poder. El cínico entonces quita los ojos del balón y los pone sobre su oponente, no le importa en lo absoluto que su gesto no sea bello, tan solo hala la camiseta del contrincante antes de llegar al área para evitar el penalti y espera con serenidad su tarjeta amarilla, dado que así dicta el reglamento al que se ha consagrado. El entrenador, que nos lo figuraremos cínico, sustituirá entonces al jugador atarjetado, o pondrá a otro del terreno a ocupar sus funciones defensivas, para dejar intacta la posibilidad de seguir haciendo faltas cínicas sin el peligro de que un jugador reciba una segunda amarilla.
Es cierto que cualquier equipo decente, más o menos cínico, hará siempre faltas profesionales, es parte del juego, pero comprender el porqué de que dichas faltas sean llamadas cínicas nos ayuda a develar la esencia, carácter y materia del cinismo futbolístico como fenómeno general. Aquí, como vimos, se trata de apegarse dogmáticamente al reglamento, a los fundamentos normativos del juego, a sus objetivos más básicos, a sus mecanismos más rudimentarios, y por ello podríamos decir que se trata de un primitivismo autoconsciente, de una falsa ingenuidad, de un refinamiento por repetición y apego en el interior del arcaísmo, que paradójicamente termina por dar lugar a una inversión de la actividad, dado que este plegamiento radical hacia los fundamentos pragmáticos del fútbol es lo que suele llamarse “antifútbol”; el cinismo futbolístico sería entonces un antifútbol como consecuencia de un rigorismo profesional. El equipo cínico no procura entretener a nadie, le es indiferente lo que de su juego digan los medios, los rivales e incluso sus propios aficionados; mientras el reglamento no estipule que al final del juego los jueces deben dar alguna nota artística, no sentirá ninguna inquietud estética; aún menos se preocupará por lo que los mojigatos llaman “ético”, la incansable cháchara del fair play, porque para el equipo cínico nada es más auténticamente ético que atenerse al fútbol, que es poco más que su ley; su noción de “jugar bien” consiste en equivocarse lo menos posible, en hacer lo necesario, dentro de los márgenes de la normativa, para ganar o —si queremos ser más fieles a la mentalidad cínica— no perder, y todavía extraerá placer del cumplimiento estricto de su estrategia de juego, de que todo salga según lo planeado, de la anulación material de lo inesperado. Para simplificar con ejemplos, diremos que un arquero cínico, es decir, un cancerbero —nunca mejor dicho—, se preocupará poco o nada por su juego de pies, no arriesgará en corto, dará prioridad al posicionamiento en vez de al estirón y al zarpazo espectaculares y no tendrá escrúpulos con los juegos psicológicos que le permita el reglamento; un zaguero de esta misma naturaleza será el que hoy llamamos “clásico”, ese que no arriesga saliendo con balón jugado, que tiene al patadón como recurso predilecto, y que está la mayor parte del partido disputando balones divididos, haciendo notar la fortaleza de su cuerpo, el cual mete en cada jugada tanto como se le permite, todo mientras piensa el clásico “pasará la pelota, pero no el hombre”; el mediocampista cínico será siempre más un 6 que un 10, sacrificará creatividad por fiereza, dado que en el cinismo futbolístico más vale un perro de caza que recupere la pelota en zonas creativas del adversario cuando está desorganizado defensivamente, que un mago que ayude a construir jugadas ofensivas desde la mitad de la cancha en adelante; los delanteros perrunos, por su parte, son aquellos que tienen como dogma no hacer nunca una de más, los merodeadores del área, son los así llamados “oportunistas”, avanzados de zona, esos que compensan el escaso regate y técnica con la presión agobiante sobre la defensa contraria y con su puntería afinada, que les permite pegarle al balón de primera sin importar el ángulo.
Amamos a los artistas, claro, a los Higuitas, los Ronaldinhos, los Zidanes, los Riquelmes, etc., pero no porque cambien el fútbol, sino, por el contrario, porque nos dan la sensación de que el fútbol es perfecto tal como es, que en sus fronteras es posible lo impensado; en cambio, el cínico, el profesional, nos inspira la necesidad de crear nuevas reglas que lo obliguen a salir de su tediosa, simplona y utilitaria zona de confort, de su forma de juego —en cierto sentido la forma más pura— que es una ruina para el espectáculo. Por ello pensamos en reglas que presionen a los equipos a salir de su lado del campo más temprano que tarde, que prohíban que los jugadores se enclaustren en su área, que no permitan que un equipo pueda hacer más de 40 faltas y de todos modos salir ileso, que sean más severas al momento de punir el contacto físico, etc. La auténtica razón por la que despreciamos el cinismo futbolístico y nos planteamos estas posibles nuevas reglas es porque tememos que el fútbol se nos haga aburrido, y no es para menos, porque si el fútbol se hace aburrido ¿qué nos queda entonces? No podemos negar, sin embargo, que si tememos esto es porque vemos probable que el cinismo gane la batalla y, por lo tanto, que la magia y el arte, aunque bellos y divertidos, no sumen una ventaja real en el terreno de juego respecto al gris pragmatismo de la profesionalidad descarada. Pero, ¿qué tipo de mundo es ese en el que nos vemos tentados a darle una ayudadita a los artistas para que le ganen a los cínicos, en el que acomodamos las reglas para que los magos no se extingan, en el que confesamos —a través de nuestras propuestas de cambios normativos— que lo que nos gusta ver tiene las de perder, en el que se procura condicionar el juego para obligarlo a ser espectacular? Pues uno muy triste y, sin duda, muy cínico.